Historia de las organizaciones de ex soldados combatientes en Malvinas (V)


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Jorge Omar Vazquez

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La Movilización

El 2 de abril, la movilización superó toda expectativa. Recuerdo antes de salir hacia el obelisco estábamos nosotros en el CESCM ultimando los detalles. Justo en ese momento vinieron algunas personas a requerir información. A efectos de no retrasar la movilización, les dije a los que estaban allí que fueran sin mi, delegué en Trinidad el control de la movilización y la lectura del documento. Les dije que una vez que concluyera iría para la marcha.

Antes de sumarme a los demás, en el camino tuve que parar el enfrentamiento que se estaba armando con tula y su gente. Luego me sume a nuestra columna una cuadra antes de llegar a la calle Florida. Era hermoso ver como desde las oficinas tiraban papelitos, había banderas argentinas por todos lados y mucha, mucha gente.

En el medio de ese despelote de gente, sobre la Avenida Corrientes treinta metros antes de llegar a Paseo Colón veo entre la gente a "mi vieja". Fui a buscarla, ella nunca había estado en una movilización, así que la contuve en la vereda hasta que pasaron todas las columnas. Le dije que volviera a casa.

Luego, por Paseo Colón me voy casi corriendo hacia el lado de la Torre de los ingleses. Al llegar, observo que muchos ex soldados y otros que no lo eran, se abalanzan hacia la torre de los ingleses. El colectivo, azul y destartalado ya estaba en medio de la plaza. La tarde estaba cayendo. La luz, se me hizo que empezó a faltar.

Observé no sin fastidio que algunos aprovecharon la oportunidad para plantar su propio simbolismo. El FIP se dedicó a tirar la estatua de Canning, Víctor Ramos subido al brazo de Canning le cortaba una mano. Montoneros mostraba sus banderas y se peleaban con otros sectores del PJ. Otros trataban de ingresar a la torre. Trinidad, andaba como alma en pena tratando de que lo dejaran leer el discurso.

A esa altura de los acontecimientos, mas allá de lo anecdótico y fantástico que fue aquella tarde, tenía claro que los costos a pagar serían altísimos. Al otro día comenzamos a pagar el precio: Algunos medios de prensa titularon "Los nuevos Montoneros". Ya nos habían estigmatizado, algunos de los nuestros se veían satisfechos y felices.

Pese a la estigmatización, el acompañamiento masivo del pueblo, hizo que el MOJUPO jamás pudiese retornar del ridículo. El partido comunista, humillado y herido, sufrió una grave crisis interna a raíz de estos hechos.

Por su parte, esa expresión de la juventud que si no me equivoco se denominó Juventudes Políticas Argentinas, que nos habían acompañado el 2 de abril de 1984 pidieron una reunión con el Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación el Dr. Pugliese.

La reunión con Pugliese se realizo en su despacho en de la Cámara de Diputados. Antes de retirarnos, me dice Pugliese que lo llamara en otro momento que debía conversar algo conmigo.

A los pocos días me llamaron del edificio Libertad, querían tener una conversación conmigo. Fui a ver que querían, para mi sorpresa, el anfitrión no era ni más ni menos que el Capitán Santillán.

La reunión, se transformó en una sesión de interrogatorio de inteligencia naval. Estaban presentes otros oficiales que tomaban nota y se les permitía hacer repreguntas. Su principal interés era saber porque me interesaba la suerte de la Comisión Nacional de Energía Atómica y los demás temas que tocábamos en el documento a Alfonsín.

Yo presuponía saber cuales eran sus intenciones. Pero al salir de la reunión una duda sobrevoló mi cabeza: En los incidentes de la Torre de los Ingleses el 2 de abril, algo habían tenido que ver los servicios de inteligencia. Y éstos no habían actuado por si solos. Respondían a las necesidades del gobierno radical de desprestigiarnos y presentarnos como violentos ante la sociedad, a fin de quitarnos legitimidad.

Esa era mi convicción. Aunque no desconocía que había indicios ciertos y concretos de que montoneros y el partido comunista, cada uno por su lado, estaban tratando de copar nuestro movimiento. El tema de que nos estigmatizaran como "Los nuevos montoneros" fue muy artero. Generó en mi una gran preocupación e incentivo a que Trinidad, Beiroa y otros más, se creyeran en serio eso ser revolucionarios".

Hablé con César Urien (h) y le pedí una reunión con la cúpula de Montoneros. Fue así que a mediados de abril viajamos Cesar Urien, Miguel A. Trinidad y yo al Brasil para reunirnos con Firmenich.

Al llegar a Río de Janeiro en vez de Firmenich nos atiende Perdía. En la charla le digo que si bien personalmente no tenía ningún problema con Montoneros, consideraba que el hecho que en nuestros actos sistemáticamente siempre aparecían banderas de los Montoneros, y que eso siempre era motivo de disturbios. Que esa actitud en vez de sumar nos restaba.

Perdía, muy comprensivo, me responde que no había problema, que ellos estaban para apoyar la causa, que los compañeros que estaban presos se habían ofrecido como voluntarios y que si necesitaríamos algo lo pidiéramos.

En ese momento Trinidad le pide a Perdía si podía ser un militante rentado de Montoneros. Yo no daba crédito a lo que oía, pensé se trataba de una bufonada más de Trinidad. Perdía le dice que si y me ofrece que yo también fuese un militante rentado.

Estaba entre la espada y a pared así que le dije. Mira yo ya tengo trabajo, pero si me querés ayudarme yo saco licencia sin goce de sueldo en mi trabajo durante dos o tres meses y me dedico a organizar el acto del 14 de junio. Fue la única forma que encontré para zafar, aunque tendría "patrón durante dos o tres meses".

Al regresar de Brasil comencé a ver las cosas desde otra perspectiva, empecé a observar más de cerca los movimientos de Trinidad, Beiroa y otros más. Era obvio que ellos querían copar el centro y plantar la bandera de montoneros.

El CECIM - LA PLATA apoyaba estos movimientos. Todo cuanto destruyera al CESCEM y a Vazquez en particular debía ser apoyado, era la única manera de poder ingresar a la Coordinadora Nacional de Centros de Ex Soldados Combatientes en Malvinas.

Llamé a Pugliese y convenimos en reunirnos en una confitería a tomar un café. Voy al encuentro él estaba con Trocoli. Tomamos un café y conversamos de distintos temas. En un momento Pugliese me dice algo mas o menos así: "Ustedes están armando una organización importante, tienen coherencia ideológica, un buen sistema de organización, el respeto popular e instrucción militar, solo les falta agarrar nuevamente las armas. ¿Lo van a hacer?

Me quedé mudo y no recuperé el habla. El maldito había definido concretamente mi problema, aunque no me había dado solución alguna.

Comienza el luto

Durante un buen tiempo mi preocupación era ¿Cómo solucionar ese inconveniente? ¿Estaba yo dispuesto a propiciar un nuevo baño de sangre entre los argentinos? ¿Tenía yo autoridad moral para hablar después de saber que montoneros financiaba a algunos militantes y que el partido comunista hacia lo suyo? ¿Debía convocar a una asamblea para plantear la situación? ¿Hablar del tema en una asamblea sería habilitar la discusión de la lucha armada?

En esa época la única certeza era la duda. El CECIM LA PLATA seducía a Trinidad, a Beiroa y a otros más con un viaje a Moscú, a un Festival de la Juventud.

Cuando Trinidad y otros proponen el tema en el CESCM obtienen una rotunda negativa de mi parte, sostenida en el hecho que nada teníamos que hacer los ex soldados combatientes en Malvinas en Moscú o era que por un viaje se olvidaban aquello de "A nuestros compañeros los mataron balas - y consentidas por la URSS".

Por esa época Trinidad había denunciado a un superior suyo. El oficial sintiéndose ofendido por los dichos de Trinidad lo intimó por carta documento a que se rectificara o rectificara. Creo que se trataba del Teniente Blanquet o algo por el estilo.

Esto lo supe porque en una oportunidad me comenta Trinidad que se había encontrado o que se encontraría con el oficial para solucionar el problema.

Recuerdo haberme enojado mucho con Trinidad. Le dije "Vos no tenés que arreglar nada, tener que ratificar la denuncia y ya esta. ¿O la denuncia es mentira?" Jamás Trinidad me aclaró ese tema.

Recuerdo que el 14 de junio hicimos el acto en el Congreso. Trinidad y Beiroa ya actuaban como una facción dentro del CESCM.

Íntimamente sabía que debía buscar una solución definitiva a esas estupideces. Hice lo imposible por sacar al CESCM de UALA. Me puse en campaña y conseguimos un departamento en la calle Rivadavia al mil y pico. Nos salió de garantía la Sra. Graciela Fernández Meijide. Yo era amigo de su hija, quien nos ayudo mucho durante esa época.

La gente del FIP y las chicas del Sindicato de Amas de Casa que se estaba gestando desde Tucumán y otras provincias argentinas, me invitan a participar de un congreso en Río Cevallos, Córdoba.

Lo más importante fue poder sentarme a la mesa junto al Colorado Ramos (Abelardo) y poder escuchar de su boca la historia de nuestro país. Su ingenio y oratoria cautivo mi atención y comprendí porqué había hombres grandes y de los otros. Gracias al "Colorado Ramos" aprendí a querer los libros de historia, y que cada uno de nosotros éramos responsables por la historia que escribíamos con nuestras propias acciones.

Al regresar a Buenos Aires, la realidad era: Trinidad y Beiroa que se creían revolucionarios de verdad: "Boina, casaca, bombachas de combate".

Estaba bien eso de enfrentarnos con los militares y el gobierno por el derecho a usar el uniforme de combate en los actos, pero de ahí a andar vestido todo el día de combate era otra cosa. El CECIM La Plata tejía y tejía, su único objetivo voltear a Vazquez.

Yo debía medir muy bien los pasos a seguir, las cosas no podían continuar de esa manera. Me fui a casa y durante varios días medite en soledad cuales eran los mejores caminos.

Visite amigos y busque opiniones sobre el futuro político del país. Jamás mencione a nadie lo que pasaba en el CESCM. Ni mi vieja sabía que ocurría.

La posibilidad de renunciar poco a poco fue tornándose la mejor opción. Ella silenciaba el debate interno sobre la lucha armada que pretendían Trinidad y Beiroa.

Mi ausencia justificada en "problemas particulares" seguramente generaría un gran vacío de poder, suspicacias, dudas y la lógica disputa de poder por la Coordinadora Nacional de Centros.

El respeto que me había ganado en los Centros del interior, a quienes había ayudado a constituirse desde sus inicios, impedía por cuestiones de respeto mutuo que se iniciase una lucha interna mientras yo estuviese al frente, pero si yo no estaba serguramente reclamarían su lugar de privilegio. Pensaba, y no me equivoqué, que con mi renuncia, potenciaría la disputa por los cargos y se rompería la unidad existente dentro de la Coordinadora Nacional.

El objetivo no era destruir aquello que yo había construido, sino impedir que se la utilice para llevar a los ex combatientes a una lucha armada de impredecibles consecuencias para los ex soldados combatientes y el país en general.

Esta posibilidad, la de renunciar, me dolía profundamente, era como dejar a un hijo. Durante mi alejamiento posterior, sufrí durante muchos años esa sensación de pérdida, de tristeza, de angustia. Era un hijo al que no debía ver por su propio bien pero que no dejaba de querer.



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