China se desorienta


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Federico Ferrero

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El más importante país asiático sufre una desorientación en doble sentido: parece no saber hacia dónde avanza, y pierde su ´oriente´, deja de lado cada vez más la cultura oriental que la caracteriza a favor de la occidental.


Celebración del año nuevo chino en el barrio chino de Buenos Aires.

Esto es cierto desde hace varias décadas, pero el ritmo de desorientación y desorientalización de China es más acuciado desde que la apertura económica llegó de la mano del capitalismo, y es más evidente que nunca ahora, con los preparativos para los Juegos Olímpicos de Pekín que aceleraron todavía más este frenesí occidentalizador. Desorientarse, perder el oriente, significa para los chinos renegar inconscientemente de sus valores culturales y tradicionales, de una filosofía de vida que lleva milenios demostrándose tanto como una alternativa de diversidad cultural ante lo occidental, como una respuesta mucho más esperanzadora ante los males que aquejan precisamente ahora a la civilización capitalista: la degradación medioambiental, la pérdida de valores de solidaridad y la desacreditación de todo tipo de riqueza que no sea material.

Todos estos valores perdidos tuvieron su nacimiento en China, y China debería, al abrirse económicamente al mundo, no tratar de emular las formas y prácticas occidentales sufriendo sus nefastas consecuencias, sino liderar una nueva forma de equilibrio basada en las filosofías, técnicas de meditación y religiones que lo caracterizan tradicionalmente como país. Nos referimos, por supuesto, al taoísmo, al budismo, al confusionismo y a las técnicas de meditación Zen, por mencionar los aspectos más generales y conocidos de esta cultura.

Estas cuatro disciplinas o formas de entender la vida están plasmadas claramente en las artes marciales, que vieron su origen en China e India. El Gongfu (Kung fu), el arte marcial china por excelencia en sus infinitas variantes lo demuestra. Todas las artes marciales japonesas con su "Do" derivadas de éste son una prueba más de la importancia que tuvieron estos pensamientos al propagarse por oriente y después también al "desbordar" hacia occidente.

Pero China se occidentaliza al perder el equilibrio, al forzar a la naturaleza y a sus recursos (naturales y humanos) con el único objetivo de crecer económicamente, con ese afán de ser potencia mundial a todo costa y cuanto antes. Esta pérdida de equilibrio se manifiesta claramente en varios aspectos del modelo de desarrollo chino:

Su falta de consciencia medioambiental. La tremenda contaminación atmosférica de las ciudades (pese a los esfuerzos de lavado de imagen que se hacen ahora para los Juegos Olímpicos) lo demuestra sobradamente. A esto hay que sumarle todas las prácticas que pueden surgir de un desarrollo arquitectónico desaforado e insostenible: la deforestación, la destrucción (literal) de montañas y todo tipo de espacios naturales en pro del urbanismo de edificios para los nuevos ricos, y hoteles para los nuevos turistas que quieren conocer al gigante oriental.

Su restricción de las libertades civiles. Es por todos sabido que China no es una verdadera democracia [1], es un sistema comunista trasnochado, léase, sistema en el que las libertades se ven coartadas en gran medida gracias al fuerte control de una restringida libertad de expresión, de asociación, etc.; y al mismo tiempo una férrea censura de los medios de comunicación, gracias un control de los medios de prensa nacionales por parte del Estado chino, y un prohibición de acceso a aquellos medios de prensa internacionales que piden más al régimen chino de lo que de momento está dispuesto a dar.

Su desigual progreso económico. Porque al margen de los PBI y los datos macroeconómicos, existen las personas. Y la mayoría de los chinos son pobres en mayor o menor medida, como sucede en la gran potencia capitalista mundial, Estados Unidos. En China vemos unos cuantos nuevos ricos sin otro valor y nobleza que la billetera, y muchos nuevos pobres que son desplazados a marginales por el sistema.

Lo cierto es que la integración a la naturaleza sin resistencia, acomplándose a ella, es la forma taoísta de ver la vida. El no desear para no sufrir, el olvidarse de todo deseo (empezando por los materiales) es la forma budista. Al mismo tiempo, el confusionismo enseña el respeto a la tradición y a la etiqueta que nos diferencia de todo ser irracional, y nos muestra la forma de organizar correctamente toda actividad. Y el zen nos enseña a vaciar la mente de pensamientos y sentir el flujo del presente, sin preocuparnos tanto por el incierto futuro en el que todos vivimos.

China tiene desde hace milenios las soluciones, ahora, al tiempo que exporta producción nacional, importa de occidente los problemas que están de a poco matando a su población y a su identidad como pueblo. ¿Se olvidará entonces de las soluciones ante el mal occidental, perderá definitivamente su oriente? Esperemos por el bien de todos que no. Porque algo es indiscutible: todo aquel que pierde el equilibrio, tarde o temprano se derrumba.



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