El Arca de Shanghai (I)


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Ernesto Semán

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Shanghai se está hundiendo. Literalmente, la ciudad está cada vez más abajo, mucho más abajo. Se hunde a un promedio de un poco más de un centímetro por año, pero en el 2002 se hundió 2,5 centímetros, lo que se entiende con sólo ver una foto de la zona del Pudong de hace 25 años, casi un arrozal, y ver la misma zona hoy, con algunos de los rascacielos más altos y modernos del mundo. Aunque las razones del hundimiento prematuro de Shanghai no están sólo en todo lo que se construye hacia arriba, sino en todo lo que se saca de abajo para que sobrevivan los que están arriba: el Shanghai Geological Research Institute dice que el grueso de la culpa la tiene la sobreexplotación de las reservas de agua que corren debajo de la ciudad.

De cualquier modo, a Shanghai tampoco le iría demasiado bien si en lugar de hundirse se fuera para arriba. Unos kilómetros más arriba de la Jim Mao Tower está la Asian Brown Cloud, una nube tóxica que la NASA sigue periodicamente y que durante buena parte del año impide incluso ver la ciudad, con lo linda que es, desde arriba. Pero igual que con el suelo, lo del cielo es más complejo de lo que parece. Técnicamente, en palabras de la NASA, la Asian Brown Cloud "is a toxic mix of ash, acids and airborne particles from car and factory emissions, as well as from low-tech polluters like wood-burning stoves."

Como buena parte de China, Shanghai no sólo está atrapada entre arriba y abajo, sino entre los costos de modernizarse y los costos de no hacerlo, entre la polución de los autos que inundan las ciudades y las estufas a leña del siglo XIX.

Nada de todo esto va a mejorar. Más bien al contrario. Para cualquiera que haga los números es obvio que el mundo, al menos tal cual lo conocemos, no tiene recursos para integrar a la población de China y la India a la economía de mercado en los términos y las dimensiones en que se desarrolló en occidente. China recién tendrá una población mayormente urbana en 10 años más, la India en 15, y por entonces recién estarán empezando a acercarse a los números de las sociedades de occidente. O China e India no se integran, o se integran de alguna manera distinta o, como muy probablemente suceda, el mundo cambia.

Pequeño dilema para la modernidad, teniendo en cuenta que en estos dos países vive el 40 por ciento de los seres humanos. En su historia del siglo XX, Eric Hobsbawm escribió que el salto más grande de la humanidad desde que dejó el nomadismo se produjo recién alrededor de 1950, cuando en el mundo pasó a haber más gente viviendo en las ciudades que en el campo. Hobsbawm debía hablar -hablaba de hecho- de las fuerzas que mueven a las sociedades, pero no se le debe haber escapado que aquel gran paso adelante se hacía al costo de eludir la urbanización masiva en los dos países más grandes del mundo.

Vistos desde hoy -ya sé, como hacer el prode el lunes, pero no tanto- los últimos veinte años de China fueron una enorme oportunidad perdida para experimentar con otra modernidad, para preguntarse y buscar respuestas distintas. El caso del transporte es el más evidente por la simbología que encierra. En Shanghai o en Beijing, las bicicletas que caracterizaron a China por décadas son cada vez menos, cada vez más incómodas para desplazarse en ciudades cuyo trazado de autopistas se multiplica a un ritmo tal que uno tiene que sacar una foto del paisaje antes de irse a dormir por miedo a encontrarlo totalmente distinto a la mañana siguiente.

La bicicleta está asociada a alguna forma de tradición moderna china; también a la austeridad (o a la pobreza) del socialismo y a algún tipo de atraso relativo respecto a Occidente. No es necesariamente campesina, pero sin ningún lugar a dudas ha perdido su lugar en la iconografía de una China exitosa, casi tanto como Mao Zedong. Una lástima, porque, quizás, la organización de algunos aspectos de la economía china alrededor de unidades geográficas humanamente alcanzables hubiera permitido un reciclaje de la bicicleta, y quizás su risorgimento como motor de una modernidad particular, corporal o sensual y de vanguardia, civilizatoria. Probablemente fuera una China sin Asian Brown Cloud, justo cuando en Occidente a la bicicleta se la condena para siempre al área del esparcimiento, revistiéndolo todo de un supuesto revival.



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