El Gea

Discurso sobre la salud pública (VIII).

Por Fidel Castro Ruz, presidente de Cuba.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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Hoy, a un ritmo mucho más acelerado, vamos descubriendo nuestras deficiencias. Claro que son deficiencias de ahora, o de una etapa que corresponde a una parte de la Revolución. En los primeros años hicimos todo lo que podíamos hacer, cuando nos privaban de los médicos, cuando no había recursos, cuando se inició el bloqueo y cuando en el país había un 30% de analfabetismo y un 90% entre analfabetos totales y analfabetos funcionales, cuando solo alrededor de 400 000 personas se habían graduado de sexto grado, y qué sexto grado. No poseíamos el capital humano que poseemos hoy; pero con el capital humano que poseemos hoy podríamos estar haciendo las cosas mucho mejores o, digamos, muchas más y mejores cosas.

Aquí se infiltraron también problemas de burocratismos, rutinas, errores de concepción, etcétera, etcétera. A mí, particularmente, me conmovía el recuerdo que nos trajo un joven médico, todavía joven a pesar de la historia de 19 años que contó, cuando le enviaron a un garaje a actuar como médico de la familia; estábamos llevando a cabo las primeras pruebas y observando cómo los recibían, con qué confianza. Se comenzó con 10 médicos en Lawton, del municipio capitalino 10 de Octubre, y 10 en otra provincia para probar el programa que habíamos elaborado.

Así se inició aquella experiencia que hoy cuenta con alrededor de 30 000 médicos de la familia. Marchaba magníficamente bien, se construían los consultorios, de modo que el médico en las ciudades estaba a 150 ó 200 metros, cuando más, del lugar donde residían los núcleos familiares que atendía; más distantes, lógicamente, en las montañas y en los campos, y vino el período especial, cuánto daño nos hizo no solo limitando los recursos disponibles, las reposiciones y reparaciones pertinentes, sino con las escaseces de recursos y de medicamentos, etapas que vamos superando e iremos superando con creciente ritmo. Pero hizo también daño moral, puso a prueba a mucha gente en medio de necesidades, dio lugar a flaqueamientos, no en todos, ni mucho menos, pero en un número de aquellos que habían sido formados como médicos o como especialistas, y las propias condiciones materiales contribuían a desmoralizar.

Bien, puede pensarse que eso tiene cierta lógica, aunque nunca nadie deba resignarse a ningún género de desmoralización. Dio lugar a procedimientos burocráticos, dio lugar a ideas y concepciones que hicieron daño, a surgimiento de tendencias, a diferencias entre hospitales y policlínicos, a la creencia por parte de algunos de que eran mejores que los demás, que el médico de la familia era la quinta rueda del carro, y surgieron desde arriba, desde el aparato administrativo, inventos que ni siquiera se consultaban con los de abajo. Llovían del cielo programas y programas, cuestionarios y cuestionarios para los médicos de la familia, que no les daba tiempo, siquiera, de atenderlos; surgieron estupideces.


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