El Gea

Discurso sobre la salud pública (XIX).

Por Fidel Castro Ruz, presidente de Cuba.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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Nadie se imagina cuánto sufren los seres humanos y cuánta ayuda necesitan por razones que son ajenas a su voluntad. Cuando 6 000 estudiantes universitarios y casi 1 000 profesores en agosto del pasado año, entre el 16 de julio y el 6 de agosto, visitaron a todos los núcleos de la capital, no se imaginan ustedes cuántas cosas fueron descubriendo. Orgullosos estaban algunos con los que conversé en un Consejo Popular, porque habían salvado dos vidas: una, el caso de una persona con esquizofrenia que intentó matarse, y pregunto: “¿Pero vivía sola?”, y dicen: “Vivía con un familiar allegado que también padece de la misma enfermedad.” Otro caso fue una muchacha joven que intentaba matarse por un problema de embarazo, o llegaban a determinada vivienda y se encontraban a un anciano solo. Entonces hay que investigar por qué viven solos, o porque enviudaron y se quedaron solos, o porque ya los familiares no se adaptaban por alguna razón u otra y buscaron algún lugar donde estuvieran solos, o porque quieren vivir solos. 

Y no se trata de obligar a nadie, se trata de conocer que había más de 30 000 personas, de más de 60 años, en esta capital que vivían solas; se trata de averiguar qué hacen si sienten de repente un dolor en el pecho o algunas molestias extrañas en la cabeza; si tienen la forma de apretar un botoncito para avisar a algún lugar para que lo atiendan enseguida. O cuando usted conoce también que hay 48 000 personas en la capital que tienen algún problema de incapacidad, menor o mayor, ¿puede la sociedad desentenderse de la situación concreta de cada uno de ellos? Muchos no tendrán problemas en el sentido de la atención, porque sus familiares los atienden con esmero, pero otros están solos o carecen de suficiente apoyo.

¿Resuelve acaso el que se le entregue una ayuda por la seguridad social? Bien sabemos que no es suficiente, pero a partir de la experiencia que se ha ido adquiriendo a lo largo de esta batalla de ideas y de las cosas que se han hecho, hoy nuestra Revolución conoce mucho más acerca de los problemas humanos y cómo contribuir a aliviarlos o a resolverlos.

Quedé verdaderamente impactado el día en que allá, en Marianao, se inauguró la última reparación de escuelas en el municipio. Coincidió con que era —creo— el día de mi cumpleaños cuando aquello se terminó. Era una escuela de niños ciegos, y la amargura me sobrevino al encontrarme con niños que no solo eran ciegos, sino también sordomudos; eran ocho, cada uno con una defectóloga, graduada universitaria, un noveno vendría días después. Pregunté cuántos niños había en todo el país en esas condiciones, y me dijeron que 79; pero, bueno, esa es una cifra; vamos a saber con exactitud cuántos hay. Preguntaba yo a sus preceptoras, cómo se comunicaban con el niño, qué hacían, y pude percibir el mérito increíble de aquellas personas que atienden a esos niños, porque un niño ciego puede graduarse como profesional universitario, comunicarse por Internet con el mundo, y he conocido casos de primeros expedientes universitarios que eran ciegos de nacimiento.


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