P. Edronkin

¿La democracia argentina realmente sirve?



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Algunos hechos recientes prueban que el primer mundo no es tan dorado como parece. Los disturbios que empezaron en Francia en Octubre de 2005, en los suburbios de París y luego en otras ciudades nos muestran un escenario de insurrección todavía no organizada que amenaza con propagarse y transformarse en una ocurrencia más o menos crónica.

Después de semanas en las que se han quemado vehículos, escuelas, autobuses y propiedades estatales y privadas, está claro que la policía no está en condiciones de detener estos hechos, a los que les falta poco para convertirse en una auténtica guerrilla urbana.

Y esto nos debe hacer pensar sobre lo que realmente es el 'mundo desarrollado', y si las sociedades que aspiran al progreso y que actualmente se denominan como 'emergentes' en un eufemismo cobarde que oculta el hecho de que son países de segunda categoría, piensan que estos modelos de desarrollo son realmente deseables:

Una Francia en la que se tiene a una población excluida, y que en su marginalización explota, frente al desprecio de los propios franceses que ya se molestan muy poco en ocultar su propio racismo e hipocresía; parecen lejanos los días en los que pretendían enseñarle a - por ejemplo -América Latina cómo hay que hacer en materia de derechos humanos.

También tenemos a un Estados Unidos que nos arenga sobre la libertad y la democracia pero tortura a sus prisioneros, pero ¿qué cabría esperar? Si después del paso del huracán Katrina vemos que aquel país abandona a sus propios ciudadanos.

O quizás podríamos tomar el modelo de Japón, que se preocupa tanto por sus ciudadanos que es capaz de enviar emisarios especiales para ver cómo los tratan después de ser arrestados por pedido de la INTERPOL; claro, esto pasa si uno se llama Alberto Fujimori.

Las cosas que están pasando hoy en día muestran que el modelo o paradigma de desarrollo puramente económico y militar que se ha tomado como base y medida para el progreso mundial, ya no sirve. Todos estos casos nos muestran que en las naciones prósperas parece haberse formado una casta dentro de cada nación, preocupada por preservarse y obtener ganancias, sin que el resto importe, a no ser - por supuesto - que ello implique la pérdida de rentabilidad.

Claramente, si queremos progresar hay que pensar en algo diferente porque un modelo social, político y económico de tal naturaleza no puede sostenerse indefinidamente: el fin del medioevo lo prueba, y en vez de estar discutiendo acerca de la globalización, la apertura económica mundial, y la competitividad, deberíamos estar tratando de qué manera hacer que la vida moderna sea verdaderamente sustentable, cómo evitar contaminar, y cómo ser menos hipócritas.





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