P. Edronkin

El crecimiento económico no solicitado del Tibet



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Actualmente el Tibet se encuentra en una fase de franco crecimiento económico gracias al milagro Chino, y todo parece marchar sobre ruedas, o eso es lo que se afirma desde Pekín, pero ¿es realmente eso lo que desean los tibetanos? Este país, virtualmente constituido ahora en una región autónoma localizada al suroeste de China, desea ser una nación nuevamente independiente y soberana, pero el favoritismo que existe en el mundo por su gran vecino y conquistador hace que ello resulte cada vez más difícil.

La historia del Tibet es una que indudablemente está relacionada con el budismo, los grandes movimientos de masas en el continente asiático, las conquistas militares y las leyendas y mitos tejidos alrededor del mundo sobre las montañas más altas del planeta, como el Monte Everest. La historia del país es ancestral y se inicia con el reinado de los siete Nam-la-khri, o gobernantes de naturaleza divina, según el credo del Bon, animista y mágico, que existía antes de que llegara el budismo a la región de la mano de Song-Tsen-Gam-Po, pero desde entonces, y pese a que la cultura tibetana es bien característica y distinta de otras, los vecinos del país han tenido pretensiones sobre él y como sucede muchas veces, a través de las ocupaciones militares han intentado imponer sus respectivas culturas de una u otra forma.

Curiosamente también, algunas de estas imposiciones han sido absorbidas dentro de la cultura y la religión del Tibet: los Dalai Lamas fueron promovidos e impuestos en cierta época por los mongoles y en realidad, la palabra "Dalai" significa en mongol "océano", algo tan metafóricamente vasto como extraño para un pueblo que se encuentra más alejado que cualquier otro de los mares. En la actualidad las autoridades chinas han completado un largo ferrocarril que une Lhasa, la capital del Tibet, con Pekín, esperando de esta manera poder controlar estratégicamente y desarrollar a su manera a lo que ellos consideran como una de sus regiones autónomas, pero que para los tibetanos no deja de ser otro intento más por borrar definitivamente su cultura.

Pero un problema adicional que existe respecto de esto es que en el mundo actual se aplaude a la China comunista que deja mucho que desear en materia democrática, estimulándole a continuar con sus prácticas actuales y tornándose cada vez más poderosa: y frente a esta situación, las posibilidades de que Tibet pueda recuperar realmente su autonomía auténtica o independencia resultan cada vez más escasas. Y por otro lado, el desarrollo así como se entiende en China implica contaminación ambiental, la destrucción de ecosistemas, monumentos históricos y aspectos étnico-culturales varios, por lo que corremos el riesgo de que sea solamente la avaricia comercial aplaudiendo a un régimen autoritario comunista lo que acabe con una nación libre. ¿Será este crecimiento el resultado natural y esperado de una onda de Kondratiev o simplemente humo en la montaña?




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