P. Edronkin

El individuo o el templo



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En cualquier conjunto de creencias existe una dicotomía entre la dirección que toman las ideas aplicadas; en nuestro mundo actual, el templo tiene preponderancia, pero una nueva cosmovisión ecoreligiosa debería orientarse más hacia el individuo.

En los siglos posteriores a la caída de Roma y el surgimiento del cristianismo, la visión de la cultura europea y occidental era claramente teocéntrica. Luego, durante el renacimiento, esto cambió; pero con el advenimiento de los estados nacionales esto volvió a cambiar. Hoy en día se admite como cosa loable el sacrificio y la inmolación por la patria, cuando en realidad esa idea es tan ridícula desde un punto de vista meramente humano como lo fue la quema de brujas o la conversión religiosa forzada.

Le estamos prestando demasiada atención a los templos de hoy en día, y no me refiero solamente a los religiosos, sino también a los nacionales y del estado. Estas instituciones han probado claramente que existen por y para el poder político y de la guerra a lo largo de milenios; este paradigma de la evolución humana se ha apoyado también en las religiones de castigo y en el consumo de los recursos naturales del planeta.

Hoy debemos cambiar: en definitiva, esta forma de ver al mundo y de organizar la sociedad, por medio de naciones administradas por estados y religiones convencionales nos ha llevado hasta los arsenales nucleares y la contaminación. Son los estados los que hacen las guerras, no las personas. Si la relación de poder de los estados no existiera, tampoco existirían las guerras - la anarquía también es una relación de poder -; los vecinos se ignoran o se hacen amigos, pero no se matan a no ser que sean instigados por ideologías.

Los estados han venido bien para hacer progresar relativamente a los seres humanos, pero hay que pensar en sustituirlos por otra cosa; los impuestos no se pagan para tener servicios, sino para mantener a los estados. Eso no puede ser y la existencia de los impuestos no puede sacralizarse. Una frase como "si hay algo seguro es la muerte y los impuestos" es una blasfemia supina; el cobrador de impuestos es no solamente un individuo detestable sino también un cómplice de una causa innoble y perimida.

Y no hay mejor manera de evolucionar hacia otra cosa que cambiar nuestra perspectiva respecto de nuestro mundo: a mí de nada me sirve destruir al país vecino porque en definitiva, estoy destruyendo mi propia casa, mi planeta. Y si dejo de destruir, de hacer guerras, y de preocuparme tanto por competir en vez de colaborar, habré hecho un salto. La existencia de los estados y de los medios que los sostienen - el poder de la fuerza y los impuestos - deben ser suplantados por otra cosa; es hora de que reconozcamos la realidad: tenemos que pagar impuestos porque nos obligan, y no porque nos beneficiamos particularmente con el proceso.

Los impuestos no existen para servir a ninguna comunidad sino para mantener a políticos y líderes que siempre han sido intrínsecamente corruptos y egoístas. Dejemos a la teoría de lado al analizar esto y veamos sinceramente en nuestro interior, a través de nuestra percepción intuitiva: realmente ¿creemos que recibimos más de lo que damos de la sociedad así como la conocemos? ¿Los impuestos nos retornan en la medida que los damos? Si pagamos un treinta o cuarenta por ciento de lo que ganamos duramente en concepto de impuestos ¿nuestra vida mejora en un porcentaje similar gracias a ello? Si fuera así, no existirían la criminalidad, el hambre, el desempleo, las guerras... Es simplemente una mentira destinada al control social.

Ya es hora que dejemos de organizarnos los humanos como se hacía en la antigua Sumeria, pues ciertamente que nuestra inteligencia puede proporcionarnos algo mejor.




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