P. Edronkin

La creación de los feos



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Los funcionarios públicos ya eran objeto de la sorna religiosa y humorística en la era de los sumerios, tal como lo atestigua el mito de la creación de los feos, y si tal falta de amor por lo estatal se manifestaba religiosa y humorísticamente en épocas tan tempranas, por algo será...

Según este antiguo mito, Enki, el dios del agua potable fue despertado un día por la diosa de las aguas profundas, su madre Nammu, quien se quejó amarga e insistentemente acerca de los trabajos muy pesados impuestos a los dioses por esos días.

Enki, quien posteriormente se convirtió en padre de Marduk, a quienes los humanos erigieron más tarde un enorme zigurat en su homenaje, cansado de las quejas de su madre, le prometió a ella crear unos fantoches o muñecos de barro que robóticamente realizarían las tareas que tan cansados tenían a los dioses de la media luna fértil. Así, entre ocho dioses fue creada la especie humana, tomando barro de las aguas intermedias, entre la superficie y lo profundo.

Luego Enki organizó una fiesta para celebrar el hecho de que los dioses ya no tendrían que realizar labores pesadas, y durante el banquete su esposa, Ninmah quedó afectada por las bebidas alcohólicas que se sirvieron y empezó a desafiar a Enki diciéndole que ella podría crear a otros peleles mucho mejores. Enki, contrariado, le retrucó el desafío y le dijo que le daría un sitio a todos los seres humanos que ella lograse crear.

A la mañana siguiente, Ninmah empezó a fabricar sus propios seres de barro, pero como estaba sola en vez de contar con la ayuda de varios dioses más, el trabajo no le salió muy bien y creó a cuatro deformes, a una mujer estéril y a un eunuco. Enki, entonces, les asignó un lugar a cada uno como había prometido: los miserables deformes fueron a limosnear a la calle, la mujer estéril se convirtió en una concubina, y el eunuco, en un funcionario.

Luego los dioses hallaron muy entretenido el tema y empezaron a hacer lo mismo, y continuaron divirtiéndose hasta el anochecer y luego hasta el siguiente día sin detenerse; su celebración aún no ha terminado porque cada vez que alguno sugiere tal cosa, nuevas viandas y licores aparecen en el banquete y así, entre las borracheras y resacas de los estupores alcohólicos divinos, el mundo continúa llenándose de toda clase de engendros de barro difíciles de imaginar.




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