El mito de la proporcionalidad en la respuesta bélica

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Pablo Edronkin

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Recientemente, en los conflictos en Georgia y Gaza muchas personas se mostraron disconformes por la supuesta falta de proporcionalidad entre los ataques de Georgia y de los palestinos, y las respuestas Rusas e Israelíes pero ¿tiene sentido esperar proporcionalidad en estos casos?

La guerra es una cosa desgraciada y trágica, cuya mejor solución consiste en evitarla totalmente, pero si se va a hacer, es necesario meditar muy bien sobre sus consecuencias, puesto que los daños y la destrucción resultantes pueden ser irreversibles.

No existe duda alguna, tanto en el caso de la guerra breve que tuvo lugar en 2008 en el Cáucaso, que más allá de las razones de uno y otro bando, fueron los georgianos quienes atacaron la región de Osetia del sur, llevando al conflicto a un nivel de mayor violencia y provocando una rápida y decisiva respuesta rusa. Tampoco existe duda alguna de que los militantes de la organización Hamas rompieron una tregua que había en Gaza y el sur de Israel, lanzando cientos de cohetes contra las ciudades y pueblos de la nación judía, para luego atraer sobre sí una fulminante represalia.

En ambos casos resulta difícil comprender cómo se originaron esos conflictos, ya hace muchos años, o qué grado de razón tiene cada una de las partes. Las críticas y las acusaciones dirigidas tanto a rusos como israelíes se centran en las posibles violaciones a las convenciones de guerra - llamativamente, las críticas a sus contrincantes han sido más bien pocas a pesar de pelear en los mismos términos - y a la supuesta falta de proporción entre uno y otro contrincante. En otras palabras, tanto los rusos como los israelíes son acusados de ser como boxeadores profesionales que pelean de esa manera.

El problema es que la guerra no es deporte, no es un match de boxeo ni un partido de fútbol que se disputa entre dos adversarios que emplean necesariamente las mismas reglas y con el mismo número de jugadores. La guerra es la búsqueda de la imposición del criterio propio por sobre el del enemigo por medio de la fuerza; es brutal y es muchas veces iniciada por quien se siente más fuerte porque le resulta sencillo, pero también puede ser iniciada por el débil porque en realidad no lo es, o porque es un insensato, como en estos dos casos.

En la guerra se trata de minimizar la destrucción que sufren los propios y lograr la mayor eficiencia en cuanto a destruir la capacidad del enemigo para combatir. Para ello se emplea el armamento de forma defensiva y ofensiva, y resulta evidente que cuanto más se tenga y mejor se pueda manejar, tanto mejores serán los resultados. Entonces, si sus enemigos poseen caños de quince kilómetros de alcance pero usted tiene misiles de cien ¿acaso se limitaría a lanzarlos a quince kilómetros para que su respuesta no sea vista como desproporcionada? Si su enemigo tiene solamente diez cañones y usted tiene mil misiles ¿lanzaría solamente diez? Obviamente que no, porque la guerra no es un concurso de honestidad y compañerismo. La historia demuestra que salvo que el comandante a cargo cometa un error, se lanzará lo que se tiene aprovechando las ventajas, incluyendo el número y el poder destructivo.

Por otra parte sería muy difícil sino imposible establecer alguna norma de proporcionalidad; lo único que se puede establecer es alguna normativa respecto de los crímenes de guerra, y hay que diferenciar muy bien entre lo que significa hacer uso de una mayor potencia de fuego y cometer delitos de lesa humanidad. No se necesita de un gran arsenal para ser un genocida y en caso de que en un conflicto se intente investigar los crímenes cometidos por una fuerza mayor, también deben investigarse los que supuestamente podrían haber sido cometidos por la fuerza más débil. En general, en las guerras en las que se llega a ese punto, todos los contrincantes suelen cometer atrocidades en mayor o menor grado. Basta recordar el caso de las guerras que asolaron los Balcanes para constatarlo.

Y suponga usted que alguien entra a su casa con un cuchillo e intenta matar a su familia. Usted tiene una pistola guardada en su habitación y un cuchillo sobre la mesa, al lado de usted. ¿Qué haría? ¿Pelearía con la pistola o se quedaría con el cuchillo para mantener la proporcionalidad de las fuerzas? Ahora suponga que se trata de cohetes cayendo sobre su jardín, desde su país vecino. ¿Qué haría? ¿Tiraría también algunos cohetes o le pediría a su gobierno que mande tropas acorazadas para vaporizar a quienes lanzan esos cohetes? En otras palabras: ¿Limitaría usted sus posibilidades de supervivencia para favorecer las de quien intenta asesinarle?

Desde los tiempos de la antigüedad que los bandos en conflicto usan la tecnología bélica a su alcance contra sus adversarios sin necesidad de considerar ninguna reciprocidad; es más, muchas veces utilizan tecnología nueva para sorprender al adversario como hicieron los persas con el uso de las primeras armas químicas de las que se tiene noticia en la ciudad de Dura, contra las tropas romanas. El factor sorpresa es fundamental en la táctica y por definición, eso es contrario a cualquier idea de proporcionalidad. Si en la guerra se debería respetar el criterio de proporcionalidad, entonces Estados Unidos no habría bombardeado Japón y Alemania durante la segunda guerra mundial puesto que ni los japoneses ni los alemanes bombardearon el territorio norteamericano. El argumento de la proporcionalidad es francamente infantil e iniciar una guerra pensando que un adversario más poderoso se va a avenir a unas supuestas reglas de proporcionalidad que no le van a favorecer es imprudentemente estúpido.



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