Supervivencia a vientos huracanados (II)


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Federico Ferrero

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Reducir la superficie ofrecida al viento.

Si es posible, debemos reducir (o al menos no incrementar) la superficie ofrecida a los vientos, para no transformarnos en una especie de "vela humana". En ese sentido, hay que tener cuidado con el uso de ponchos, capas o chubasqueros amplios, que flameen: si no tenemos más opción que usarlos, habrá que atárselos y ceñírselos al cuerpo lo mejor posible.

Si cualquier indumentaria de este tipo queda suelta, no sólo ofrecerá más resistencia al viento comprometiendo nuestro equilibrio, sino que nos dejará desprotegidos ante las ráfagas, y que en el caso de una tormenta harán que (literalmente) llueva, nieve o granice de costado, o de abajo hacia arriba. Por último, ponchos y capas pueden comprometer nuestra visibilidad en momentos críticos, y hacernos perder el equilibrio.

Garantizar el equilibrio antes que la velocidad.

Por muy apurados que estemos, hay que seguir algo que expresión muy bien Napoleón en una máxima: "vamos despacio porque estamos apurados". La velocidad debe estar limitada, por tanto, por la precisión y seguridad con la que podamos desplazarnos por terrenos complicados o resbaladizos, sobre todo cuando la lluvia, nieve o granizo se unen al viento. Las fuertes rachas hacen que lo que normalmente es un camino seguro para el equilibrio, se transforme en un desafío mayor y un riesgo difícil de calcular. Así que en estos casos habrá que ir (casi literalmente) con pies de plomo.

Un tercer punto de apoyo o incluso un cuarto, a parte de ambos pies, se harán muchas veces necesarios, incluso en terrenos planos. Hemos vivido ráfagas de viento que tumbaban a personas de más de 100 kilogramos si no se sostenían con pies y manos al suelo, y que así y todo eran a veces arrastradas. Son casos extremos y no muy comunes, pero no estamos exagerando, suceden pese a no tratarse del viento de huracanes propiamente dicho.

Así, en situaciones como esta es imprescindible, al encontrarnos en travesía, usar uno o más bastones, piolets o piquetas para desplazarnos. Máxime si transportamos un peso en nuestras mochilas que nos dificulta las reacciones normales frente a las rachas de viento, rachas que deben considerarse como verdaderos empujones o arrastres de un judoka o un sumotoka.

Muchas veces la única forma de avanzar con seguridad será evitando moverse mientras pasan las rachas más fuertes, y moverse mientras el viento es constante y algo más moderado, siempre teniendo tres puntos de apoyo mientras movemos el tercero, o el tercero y el cuarto en caso de usar dos bastones.

Cuidarse de los objetos volantes identificados.

Si la travesía se desarrolla en la cercanía de bosques o lugares poblados y, cuando la fuerza del viento es suficiente para hacer volar piedras, ramas u otros objetos, habrá que considerar buscar refugio como primera prioridad.

En la naturaleza, habrá que tener cuidado al desplazarse por el límite de bosques (más adentro suele estar mitigado el efecto del viento) para evitar la caída de ramas. En casos extremos, en alta montaña, pueden volar piedras. En la cercanía zonas urbanas, ciudades, de ciertos pueblos, poblados rurales o casas de campo pueden volar por efecto del viento (y de hecho vuelan) techos de chapa, tapas de tanques de agua, carteles, etc.



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