Supervivencia urbana: El segundo problema de las emergencias nacionales

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Pablo Edronkin

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Cualquier emergencia a escala de una nación genera una situación terrible para sus habitantes que puede convertirse en una auténtica experiencia de supervivencia; en tales circunstancias la gente puede sentirse tentada a elegir líderes que son vistos como fuertes, aún a costa de sus libertades. Esto genera un segundo problema a partir de la emergencia original.

Adolf Hitler llegó al poder en Alemania gracias a una elección; para aquel entonces ya era una figura conocida en el país, un personaje excéntrico visto como un loco por muchos al principio de su carrera política, unos diez años antes. Pero la situación en la que había quedado el país después de la primera guerra mundial, el trato abusivo de los vencedores, y la crisis mundial del año 1929 le permitieron a este señor que se mostraba como un líder fuerte avanzar políticamente.

Al principio sus medidas económicas le fueron favorables, pero al mismo tiempo, utilizando la propaganda, la supresión de disidentes que fueron llevados a los primeros campos de concentración mucho antes de que existieran siquiera la "solución final" y la creación de un chivo emisario en la persona de los judíos le garantizaron aún más popularidad porque la gente ansiaba ver a un hombre fuerte, o temía no verlo. Muchos eran para entonces nazis entusiastas, y los que no lo eran temían por sus vidas.

Luego el hombre fuerte los metió en una guerra aún más catastrófica que la primera, en la que no solamente Alemania fue derrotada sino que quedó muy mal parada a causa del holocausto. El hombre fuerte al final, en sus últimos días, quedó reducido a una parodia de sí mismo mientras que cientos de miles de personas morían en las calles de Berlín.

Esto sucedió porque los alemanes fueron presa de sus propios miedos; necesitaban un hombre fuerte para que los sacara de la sensación de derrota eventual de la primera guerra mundial y las consecuencias ciertamente injustas y poco sabias del tratado de Versalles. Fue un error intelectual muy grande, pues un pueblo capaz de producir un Bach o un Beethoven no necesita de hombres fuertes para sobreponerse a las desgracias. Las naciones pueden sobrevivir solas, sin iluminados.

En tiempos más recientes este mismo fenómeno continúa produciéndose: En Venezuela, el Sr. Hugo Chávez es un ejemplo similar. Este líder también ha encontrado sus propios chivos expiatorios, esta vez en la forma de compañías comerciales a las que gusta incautar bienes y capitales de una forma muy similar a la que Hitler empleaba con los judíos alemanes antes de decidirse por el genocidio para deshacerse físicamente de ellos. Los líderes que tienen malas intenciones para con su propio pueblo siempre proceden así; lo que varía es que algunos pueden llegar más lejos que otros. No hay buenos dictadores.

Son muy pocos casos en los que se puede hacer una transición medianamente ordenada entre el gobierno de un hombre fuerte. Un dictador más o menos encubierto en lienzos de democracia - y un gobierno auténticamente democrático. En general los cambios suelen ocurrir después de una permanencia muy larga en el poder y a causa de su muerte o renuncia, o bien suelen ser traumáticos y estar matizados por revoluciones que en algunos casos llegan a ser muy sangrientas. Las guerras perdidas también suelen marcar el fin de los dictadores y las dictaduras.

En un escenario signado por la presencia de un dictador, se plantean diversas hipótesis de supervivencia:

El peligro para quienes son tomados como un chivo emisario: Lo primero que debe temer una persona o institución que se encuentra en esta posición es un incremento en la presión legal, impositiva y política sobre ellos: acto seguido se procede por lo general a la incautación de sus bienes so pretexto de que son culpables de las desgracias nacionales. Muchas veces, los líderes dictatoriales se conforman con este pillaje, pues lo único que les interesa es hacerse con dinero. En otros casos no, y se puede pasar a una etapa de persecución y exterminio. Sin embargo, si aún esto no ocurre, ello no constituye ninguna garantía de que la chusma pro-gubernamental no se ensañe con los perseguidos y cometa actos de barbarie por su propia cuenta. En estos casos, lo mejor es simplemente abandonar el territorio del país o eventualmente, conformar alguna fuerza de resistencia pero absolutamente nunca asumir que el problema simplemente va a pasar y que uno puede quedarse en su casa; tarde o temprano le vendrán a buscar.

Las guerras causadas por esos líderes: Un ciudadano de un país manejado por un autócrata puede verse envuelto en una guerra no buscada por él sino digitada desde el poder. Esto puede darse a través de un reclutamiento en las fuerzas armadas, a lo que naturalmente, no podrá oponerse si desertar y poner su vida y la de sus familiares en peligro; las represalias a terceros suelen ser comunes en estos regímenes. Cuando esto sucede, por lo general y salvo que se esté combatiendo contra un régimen aún más sangriento que el propio, el mejor escenario que cabe esperar es irónicamente la derrota del propio país porque ello muchas veces redunda en la caída del dictador. Si Adolf Hitler hubiera ganado la segunda guerra mundial, las cosas habrían evolucionado de forma mucho peor, incluso para los propios ciudadanos alemanes. En cambio, para los ciudadanos soviéticos, rendirse a los alemanes no resultó nunca una mejor opción pues lo que buscaban los nazis era la aniquilación de ellos. Las perspectivas para los reclutados no son para nada buenas: En los ejércitos manejados por líderes autoritarios el trato suele ser bastante malo con las propias tropas, se recurre muchas veces a la tortura como método disciplinario, no existe el buen abastecimiento, visitas al hogar, tiempo de licencia o reposición de personal: quienes durante la guerra entre Irak e Irán eran enviados a un lugar del frente como Susangerd, bien podían esperar morir ahí. Tampoco existe libertad para escribir cartas a los familiares - estas generalmente se censuran -, e incluso los comandantes son privados de información vital para poder combatir, a causa de motivos políticos: Muchos líderes militares japoneses no supieron de la magnitud de la derrota de Midway hasta después de finalizada la segunda guerra mundial.

La supervivencia económica: El caso de Pinochet en Chile es quizás la única excepción a una regla general de las dictaduras, que se puede resumir en que la economía de los países que sufren la presencia de regímenes autoritarios suele evolucionar de forma muy desfavorable hasta caer en el desastre. Las economías planificadas hasta ahora no han funcionado en la historia de la humanidad y los actores económicos en cualquier caso tienden a ejercer el libre albedrío para maximizar sus ganancias, cosa que es fundamental y filosóficamente contraria al espíritu de una dictadura. En el Zimbabwe de Mugabe no hay guerras externas o civiles, pero la situación de la economía es tan calamitosa que el efecto sobre la población es tan devastador como en el caso de una contienda bélica muy prolongada.

Revueltas, revoluciones y disturbios: Estas pueden ocurrir con mayor frecuencia de lo que se piensa en las dictaduras. Surgen en la mayoría de los casos sin tratarse de una resistencia organizada sino por descontento popular, y salvo que lleguen a ser muy grandes, no acaban con el poder e implican posteriormente represalias muy cruentas puesto que cuando empiezan a aparecer hechos de esta naturaleza los dictadores que ya no pueden basarse en la demagogia que los ayudó a presentarse como hombres fuertes que resuelven problemas, deben basarse en el uso del terror. Las secuelas de las revueltas sofocadas en regímenes de este tipo muchas veces incluyen redadas, purgas y el arresto o ejecución de un gran número de disidentes. Es importante destacar que cada revuelta fracasada debilita las posibilidades de los disidentes; por lo tanto, si se organiza un motín es imprescindible asegurarse de que resulte lo más extenso posible y que incluya a unidades militares sublevadas para dotar a los revoltosos con una mayor potencia de fuego y respaldo moral de parte de quienes en otras circunstancias protegerían al dictador. Las revueltas, en estos casos, no se deben organizar para protestar sino para derrocar al gobierno.

Como conclusión de todo esto podemos decir que la elección de un hombre fuerte para resolver los problemas de una nación constituye una opción desafortunada que produce más daño que beneficio.



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