La inflación encubierta como problema de supervivencia urbana


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Federico Ferrero

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Los países que, tras repetidas crisis económicas, están acostumbrados a la inflación, países como los Latinoamericanos, suelen desarrollar una inflación encubierta que es el resultado de querer contener los precios de forma artificial, ya sea con leyes de los gobiernos de turno, ya sea porque las empresas buscan una forma de no subir los precios para poder seguir vendiendo, pero sin dejar de ganar. Lejos de ser esta una teoría económica alejada de la realidad, la inflación encubierta es algo que afecta directamente al superviviente urbano.

¿Cómo se manifiesta esto que llamamos inflación encubierta? ¿Qué es en realidad? Para explicarla, podemos poner el ejemplo clarificador del desarrollo del mercado interno argentino tras la crisis del año 2001-2002.

Como cualquier persona más o menos informada sabe, en 2002 Argentina devaluó su moneda tras quedarse los bancos sin reserva para entregar dinero a la gente, dinero que antes de ese momento se equiparaba 1 a 1 con el dólar, equiparación (por supuesto) artificial y que no podía durar. El resultado, además de la rabia, la pérdida de puestos de trabajo y (a lo que vamos) una inflación encubierta.

La inflación real en argentina es un hecho relativamente reciente, que el gobierno trata de negar en gran medida con las estadísticas oficiales, pero que todo el que vive en el país sabe que es galopante. Sin embargo, la inflación encubierta se dio en el país desde el mismo momento en que empezó a arreciar la crisis. Consistía en un mecanismos sencillo pero efectivo que todas la empresas, poniéndose de acuerdo tácitamente como quien se apreta el cinturón porque no tiene que comer, empezaron a abaratar costos. ¿El resultado? La calidad de los productos empezó a bajar.

Precisamente, la calidad de los productos bajó, aunque los precios se mantenían relativamente, esto sólo era apariencia, ya que las "cosas" que se compraban, los productos y servicios, eran peores que antes. Pero esto no fue todo, cuando ya no se pudo bajar más la calidad, o cuando esto no era posible por los controles y normas que lo impedían (sanitarias, ISO, etc.) la solución fue otra: reducir.

En efecto, la otra gran manifestación de la inflación encubierta, a parte de la disminución de la calidad, es la reducción de tamaño, los paquetes o las "porciones" de los productos vendidos. Así, en Argentina todo, como si afectados pro una enorme e invisible dosis de "chiquitolina" se tratara, o como si mágicamente las fábricas se hubieran transportado al país de Lilliput, los productos empezaron a reducirse de forma drástica: los ancestrales alfajores, además de estar hechos en muchos casos con más químicos y grasas perjudiciales que otra cosa, empezaban a pesar menos, lo mismo pasaba con las galletitas, los yogures, los sobres de lo que fuera (jugos, sopas, etc., etc.), y todo aquello que no se vendiera por peso, sino por paquete. Incluso llegaron a reflotarse viejos formatos olvidados de gaseosas, que de pasar a venderse casi exclusivamente por envases de 2 litros o 2,25 litros, volvieron a ser de 1 litro; y las latitas, por ser muy caras, se reemplazaron por el vidrio de antaño, volviendo a la vida los envases "retornables", más baratos aunque menos fiables.

Podríamos seguir enumerando productos argentinos degradados en calidad y cantidad. Estos son sólo ejemplos de un ejemplo de lo que puede ocurrir si la inflación real no ha lugar. Podemos ver a la inflación como un efecto o síntoma de una crisis económica, de la misma forma que vemos a la fiebre como un síntoma de la gripe. La inflación, desde este punto de vista, no es un problema, sino una manifestación de un problema, una consecuencia que, si se intenta tapar de forma improvisada, aflora igualmente de forma encubierta, de la forma que acabamos de describir.

Estimado superviviente, sepa que este fenómeno no es un detalle menor. En un país como Argentina, actualmente, aunque usted disponga del dinero necesario para hacer sus compras día a día, es imprescindible que no se fíe de lo que antaño era "una buena marca" o "un producto o un servicio confiable". Ante un escenario de inflación encubierta, tal que un paranoico, hay que desconfiar de todo: hay que reevaluar, mirar las etiquetas, consultar la letra chica y (sobre todo) lo que pesa, lo que mide o lo que ocupa aquel producto que compre. Porque si se descuida, puede que le estén vendiendo medio al precio de uno.



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