P. Edronkin

Los fantasmas del terrorismo



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Cuando se desarrolla una campaña antiterrorista inevitablemente surgen los intereses políticos y las personas o grupos de poder que intentan aprovechar la situación para utilizar el propio poder del estado para sus propios fines. Históricamente, el terrorismo se ha visto como una cuestión de izquierda versus derecha, religión versus religión o bien potencia ocupante versus movimientos emancipadores, pero la realidad no es una cuestión ni de blancos ni de negros.

Así como en el conflicto entre israelíes y palestinos ambos pueblos tienen argumentos válidos en ciertos aspectos, también es cierto que los combatientes cometen toda clase de abusos, tanto los soldados israelíes como los terroristas y guerrilleros palestinos. Lo mismo ocurre en la guerra que Estados Unidos sostiene contra los grupos terroristas islámicos y las guerrillas iraquíes, algo similar sucede en Colombia, y ha sucedido en países como Chile y la Argentina.

Creer que un bando lucha por la libertad con guantes blancos sobre las manos contra un ogro peludo y gigantesco es cosa de niños. La vida real no es así, y mientras estas cosas no se analicen desde un punto de vista objetivo, los errores van a continuar sucediéndose; la manera de sobrevivir al terrorismo en el largo plazo consiste en buena parte en entender lo que sucede, y para eso no hay que aplicar filtros ideológicos.

En la Argentina y Chile, para citar dos casos históricos donde este error se aprecia claramente, hoy en día parece ser una convención social afirmar que lo que hicieron los militares estaba muy mal, y que ellos eran los únicos culpables de haber reprimido salvajemente a un grupo de idealistas que jamás habían recurrido al uso del terror. La realidad es que yo viví la campaña represiva en estos países cuando todavía estaba en la escuela primaria, y recuerdo muy bien haber visto como los militares bajaban de camiones Unimog, entraban en algunas casas y se llevaban gente, pero también recuerdo un antes y un después: antes de que los militares actuaran, la verdad es que la sociedad era un caos, había asesinatos, secuestros, emboscadas, raids, asaltos, atentados con bombas y cosas por el estilo: en Buenos Aires solamente había dos atentados diarios, y hasta hubo casos en los que se derribaron aviones del gobierno.

Después de la actuación de los militares, cuestionable o no por sus métodos, nada de eso ocurría; no había ni terrorismo, ni criminalidad, ni nada. Uno podía salir a la calle, dejar una bicicleta aparcada al lado de un árbol e irse, porque la encontraría nuevamente allí. Ni siquiera hoy en día se puede decir que eso ocurre, en medio de una democracia.

Es decir, los militares argentinos y chilenos - pues observé lo mismo en Chile - hicieron cosas moralmente reprobables pero tácticamente efectivas, porque es cierto que abusaron todos los derechos humanos imaginables, y también es cierto que exterminaron el terrorismo en sus jurisdicciones; hoy en día, los acólitos del otro bando se rasgan las vestiduras por lo que sucedió, echando la culpa completamente a los militares, pero no hay que olvidar la historia, y yo no puedo olvidar lo que vi, y es que había efectivamente terroristas.

Y mientras esta cuestión en la Argentina y Chile no se vea como lo que fue, es decir, una respuesta implacable e inescrupulosa de los militares a una acción cruel y asesina de diversos grupos terroristas, no se podrá corregir la situación que en el fondo causó la aparición de esos terroristas y la respuesta de esa clase de militares. Es decir, los militares no fueron ningunos santos, pero a mí nadie me va a convencer de que los del otro lado eran inocentes, pues yo mismo experimenté sus intenciones, métodos y acciones. De hecho, mi familia, en generaciones pasadas, también sufrió el asesinato de la mayor parte de sus integrantes a causa del extremismo de derecha e izquierda, expresados como el nazismo y el estalinismo en Europa (Ver The Skowronek Bankers), y eso no solamente durante la segunda guerra mundial.

Esto tiene que servir de lección para los que emprenden este tipo de acciones en otros países: es muy difícil resolver un problema de esta naturaleza sin aplicar la fuerza desmedida, y es aún más difícil eliminar los fantasmas que crea la crueldad.




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