La importancia de la gratitud en los programas de intercambio cultural

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Pablo Edronkin

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En la vida uno se transforma siempre o en un ejemplo para seguir o en una horrible advertencia para recordar; por eso, si cometemos errores, siempre tenemos que reconocerlos.

En mi familia nos hemos dedicado de forma filantrópica al intercambio cultural de estudiantes de colegios secundarios y universitarios desde hace ya un cuarto de siglo, razón por la cual podemos decir que tenemos un poco de experiencia en la materia y por consiguiente estamos habilitados para hablar moral y técnicamente del asunto y hemos podido ver de todo, desde lo muy bueno a lo muy malo, cosa sobre la que tenemos necesidad de advertir para que en el futuro se pueda evitar. El intercambio cultural es un proceso que creo muy positivo porque ayuda a que la gente de diversas naciones se conozca entre sí y entienda a los demás, distintas formas de ser, etc. Es algo que en definitiva ayuda a luchar contra la xenofobia, el racismo, la incomprensión, el chauvinismo y la ignorancia en general; brevemente implica que una persona de un determinado país vaya a vivir por un tiempo a otro, pero no en un hotel, como turista, sino como una persona más con el objeto de adaptarse y empezara entender las diferencias existentes, quizás aportar algo de su cultura o incorporar a su propio acervo algo de a cultura del país anfitrión. Implica transformarse por un tiempo en un habitante más de otro pueblo y en un representante del propio. En otras palabras, constituye un proceso de aprendizaje que nos enseña a valorar positivamente las diferencias en vez de convertirlas en motivo de disputa.

Justamente el intercambio cultural surgió después de la segunda guerra mundial con el objeto de que los jóvenes de Alemania y Estados Unidos pudieran comprenderse mejor y así evitar demonizarse mutuamente como ocurría con anterioridad; la guerra de os treinta años, la franco-prusiana, los conflictos napoleónicos y las dos guerras mundiales ocurrieron por diversas causas pero en todas ellas el falso nacionalismo y la falta de respeto por las culturas diferentes tuvieron mucho que ver. El hecho de que al menos hasta ahora y afortunadamente no ha estallado un conflicto semejante a la segunda guerra mundial refleja que las medidas que se tomaron como antídotos, incluyendo la creación de los programas de intercambio cultural, han sido positivas. Pero estos grandes y positivos efectos también implican que todo el asunto tiene una vulnerabilidad; ¿Qué sucede cuando el intercambio falla por alguna razón? Pues bien, si la falla es suficientemente grande se obtiene un efecto contraproducente, exactamente contrario al que se pretendía lograr en primera instancia. Si después de la estadía de un estudiante de intercambio cultural el resultado es insatisfactorio, lo menos que puede decirse es que queda un recuerdo amargo que puede resultar contraproducente; si la actitud de alguna de las partes es algo peor que simplemente poco comprensiva o si hay alguna clase de mala intención de por medio, las secuelas pueden ser mucho más graves.

Lo que yo creo que son los dos principales problemas que se enfrenta en el intercambio cultural y que lo pueden hacer fracasar en casos puntuales son la falta de adaptación del estudiante y la falta de expresión de gratitud. Es cierto que si se tiene un estudiante de intercambio que va a vivir en una familia anfitriona un problema de compatibilidad puede surgir de ambos lados, al fin y al cabo nadie es perfecto, pero la responsabilidad y el esfuerzo por lograr la adaptación debe caer necesariamente en el estudiante, es decir, quien visita, y no en el dueño de casa pues es quien está haciendo el mayor esfuerzo de por sí y es precisamente el anfitrión y nadie tiene por qué adaptarse a los visitantes. La falta de gratitud, cosa que ocurre a veces y se manifiesta más comúnmente por la "desaparición" de los ex estudiantes una vez que regresan a sus países de origen y nunca vuelven a entrar en contacto con sus anfitriones, o lo hacen escasamente, es también un problema que recae justamente, del lado del estudiante pues es quien debe demostrar cierta gratitud por varias razones: No se trata simplemente de agradecer realmente lo que las familias han hecho con un "gracias" de despedida justo antes de subir al avión que los lleva a casa, no se trata de meros formalismos, sino de mantener una relación cordial de ahí en más por una sencilla razón: Las familias anfitrionas no pueden ser tratadas como un albergue transitorio. Es moralmente indigno y también tiene ribetes prácticos.

Albergar a un estudiante en estas condiciones no es prestar un servicio de hotelería e implica mucho más que gastar dinero, pero para que se pueda apreciar materialmente la magnitud del esfuerzo que significa basta hacerse una sola pregunta: ¿Cuánto le cuesta a una persona - un estudiante, para el caso - mantenerse mes a mes viviendo por su cuenta? En Madrid, por ejemplo, podríamos decir que al menos unos ochocientos euros por mes viviendo generalmente en una pequeña habitación que está bastante por debajo del estándar habitacional. Sin temor a exagerar podemos decir que para vivir razonablemente bien es necesario contar con mil euros mensuales. Eso es lo que cada familia anfitriona dona en la práctica a los programas de intercambio estudiantil mes a mes porque es lo que cuesta mantener a una persona.

¿Cuánta gente en el mundo es capaz de donar mil euros mensuales para que otra persona, desconocida en un principio, obtenga una experiencia semejante en la vida? ¿Por qué no gastar ese dinero en la educación de los propios hijos, en un viaje de lujo o en un nuevo coche? Y si a esto agregamos el tiempo y la dedicación, el afecto y las preocupaciones que también forman parte del trabajo voluntario que implica constituirse en anfitriones de estudiantes basta ver qué clase de generosidad hay que tener para gastar doce mil euros en la educación del hijo o hija de perfectos extraños y por qué hay que tener un extremo cuidado en no defraudar a la gente capaz de tener semejante voluntad; este cuidado lo deben poner las organizaciones que administran el intercambio estudiantil pero por sobre todas las cosas, los propios estudiantes y sus familias, pues están recibiendo de personas que nada tienen que ver con ellos algo sumamente generoso.

La mayor parte de las personas en el mundo ni siquiera tienen la voluntad de donar un par de monedas por año para el ejército de salvación, UNICEF, etc. así que en mi opinión, quienes actúan en los programas de intercambio cultural merecen el mayor de los respetos y gratitud aún décadas después de haber prestado semejante servicio a personas que obtienen de esta manera una serie de experiencias que de otro modo les estarían vedadas en la vida.

Por lo tanto el tiempo no borra las cosas ni se debe dejar que nadie piense así en este aspecto. Los estudiantes de intercambio y sus familiares deben tomar conciencia de estos hechos, pues defraudar a esa gente aún con un trato descortés, indiferencia, etc. equivale a una estafa no solamente del bolsillo sino del alma de todos los afectados.



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